Los que me conocen un poco –con este blog espero que seáis alguno más- saben que tengo algo de romántico. De utópico diría. Me acuso. Porque según mi modo de ver las cosas el mundo en que vivimos la mayor parte de las personas es simplemente de locos. No tengo la menor duda. La única que tengo a este respecto es cómo soporta el resto de gente esta estúpida vorágine que nos hace girar como en movimientos en espiral y nos atonta impidiéndonos pensar de manera equilibrada el sinsentido de nuestras por lo general vacuas vidas. Seguramente esto es filosofía.
A menudo pienso en las desigualdades entre Norte y el Sur. En qué clase de mundo hemos creado (porque así es) para que en pleno siglo XXI y en la era de la aldea global y la comunicación instantánea el hombre no haya sido capaz de eliminar el hambre de la tierra. O no haya querido, lo que sería aún más detestable.
Podemos viajar a Marte, incluso comprar allá un terrenito, creo; hemos construido robots que hacen todas las tareas del hogar; hablamos en tiempo real con cualquiera dondequiera que estemos; nuestros niños llevan móvil por si…invéntense ustedes algo que lo justifique; estamos localizados, fichados (saben de nosotros si les apetece qué marca de calzoncillos o de tampones usamos), juzgados por no sé qué entes superiores que nos dejan cierta libertad; hemos inventado cómo duplicar animales e incluso personas, el helado de pistacho con regaliz y no sé cuántas cosas más. Lo que no hemos conseguido aún, a pesar de las sesudas y rimbombantes cumbres que organizamos cada cierto tiempo para tranquilizar nuestras cada vez más exiguas conciencias es que nuestros congéneres mueran de hambre. Así de sencillo y de crudo.
Cabe preguntarse qué pensaríamos nosotros de pertenecer a una de esas familias de pongamos cuatro miembros que sobreviven en Gambia (África, no se despiste alguno) con los dalasis equivalentes a 150 euros mensuales, caso de tener la fortuna de trabajar y de que la economía no se haya desplomado por enésima vez. Quizá el mundo no nos parezca tan justo si no podemos dar las medicinas que necesita nuestro hijo enfermo o la comida por la que lloran los otros tres pequeños. Pobres.
Tres cuartas partes del mundo padece graves dificultades nutricionales. ¿Es este el mundo que queremos? Pues lo estamos consiguiendo.
No escribo esto para encoger a nadie el corazón. Pero entre todos quizá podamos hacer un poco más. Estoy convencido.
¿Qué tal si empezamos por ser un poco más humanos?
Propuesto queda.
sábado, 14 de junio de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
¡Qué razón tienes Alberto! En este mundo de locos y locas que difícil es ir por el buen camino cuando las carreteras están repletas de baches.
Saludos y felicidades por tu blog.
Muchas gracias Lucas. Seguiremos en la brecha...si nos dejan.
...Y si no, seguiremos también.
Publicar un comentario