Foto: Alberto PrietoExtrarradios de Banjul (Gambia). Niños juegan en las proximidades del basurero principal.
Escribiré hoy en un intento de retomar este espacio que desde hace algún tiempo tenía aparcado. Y se me viene a la cabeza a bote pronto el recurrente tema de la crisis que parece que ha empezado a azotar no sé muy bien si a occidente, al capitalismo, al Norte, o al mundo. Lo que es seguro es que en un planeta globalizado como el nuestro los efectos se están dejando sentir, mucho más allá de nuestra economía doméstica, y de forma muy severa, en los de siempre. Miles de niños apenas tienen que comer en África porque la enorme subida del precio del grano impide que sus padres les den algo que es tan necesario como humano: un plato de cereal.
La desnutrición y la muerte les acechan de cerca, como su famélica sombra, mientras nosotros lo pasamos muy mal porque durante una temporada tendremos que apretarnos un poco el cinturón.
Lo que ocurre a apenas dos horas de avión no dejamos que nos quite el sueño. Quizá sea una película. Bastante tenemos con pagar la hipoteca, los impuestos y las cañitas de mediodía. Me pregunto que si hemos de vernos en esa terrible tesitura para entender que este modelo de sociedad es obsceno cuando menos. Quizá nada importa ya, excepto nuestro propio bienestar, a costa de quien sea y de lo que sea.
Me cuesta soñar, me cuesta cerrar los ojos. Cada vez me cuesta más soportar tanta injusticia. Tanta hipocresía.

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